Hoy es lunes y no hay clases... ¡qué alegría!
¿Sí? ¿Es que ir a clases es una tortura para alumnos y maestros?
Tal parece que sí.
De alguna forma, en la escuela se enseñorea la
flojera y el pretexto: las autoridades en el cálculo de lo normativo, los
maestros y trabajadores manuales en el cálculo sindical y los estudiantes en el
cálculo del mejor pretexto y todos en la ley del mínimo esfuerzo. ¿No hay solución? ¡Claro que la hay! Todo problema tiene una.
La educación artística es una solución que hasta el momento se desperdicia pues se asume como una asignatura de “buen gusto” y por tanto, periférica a los “verdaderos” contenidos educativos (Matemáticas, Español y las otras). Al menos en la práctica, se piensa en el arte como un cosmético para embellecer la vida. Afortunadamente, lo propuesto por Planes y Programas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), desde las reformas del siglo pasado, posibilita que la educación artística pudiese ser plataforma educativa de nuestro sistema. No hay promoción ni traba. Hay una enorme abertura hermenéutica desde donde interpretar que el arte sea una práctica pertinente en el ejercicio escolar.
Este resulta un antídoto ante esas
conductas tanáticas: moverse, ir hacia la aventura, a lo desconocido, al
riesgo, al juego, a la risa, al compañerismo. Entre el juego y el sueño se
funda la obra de arte. Y no hay tiempo qué perder. Se debe vivir intensamente.
El arte es el placer que nos agota, pero no se
agota. El artista lleva prisa, urgencia, es un vehículo de emergencias para
transformar los materiales del planeta, para convertirlos en súper materiales
del mundo.
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